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Dominicanos apelan al Papa ante la indolencia del Gobierno
Política

Dominicanos apelan al Papa ante la indolencia del Gobierno

ANA HILDA PEREZ MELO
12 de julio de 2026(12 de julio de 2026)
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Para las familias de los barrios de la capital y de las empobrecidas provincias del interior, la vida cotidiana se ha transformado en una carrera de obstáculos por la supervivencia.

Por la Redacción de MundoXXI

SANTO DOMINGO, Rep. Dom.- La paciencia del pueblo dominicano está llegando a su límite. Detrás de las luminosas cifras de crecimiento macroeconómico que el Gobierno exhibe con orgullo en los foros internacionales se esconde una realidad doméstica asfixiante. 

Para las familias de los barrios de la capital y de las empobrecidas provincias del interior, la vida cotidiana se ha transformado en una carrera de obstáculos por la supervivencia, marcada por el colapso de los servicios básicos, la inflación y un profundo sentimiento de desamparo institucional.

Hoy, ante un liderazgo político que gobierna de espaldas a la calle, una parte de la sociedad civil y de las comunidades eclesiales de base empieza a levantar la mirada más allá de las fronteras nacionales. 

En un acto que mezcla la desesperación y la fe, se gesta un clamor colectivo dirigido al Vaticano: una petición formal de intervención al papa Robert Francis Prevost (León XIV), considerado por muchos como la última reserva moral capaz de sensibilizar a un Estado que parece haber olvidado a los suyos.

La tormenta perfecta

El descontento no nace de la nada, sino que es el resultado acumulativo de promesas incumplidas y de una brecha social que no para de ensancharse. 

El plato bandera de la mesa dominicana se ha vuelto un lujo. La carestía de los alimentos básicos, como el arroz, las habichuelas, el aceite y la carne, para sólo mencionar algunos, porque ya todo está por las nubes, golpea diariamente el bolsillo de la clase trabajadora y de los sectores informales. 

Mientras los salarios permanecen estancados, los apagones castigan sin piedad y el costo de la canasta básica familiar supera por mucho el ingreso mínimo legal. A esto se suma un mercado laboral excluyente que empuja a la juventud al desempleo o a la precariedad de la informalidad, apagando las esperanzas de progreso de las nuevas generaciones.

El acceso al agua potable y la estabilidad del servicio eléctrico siguen siendo deudas históricas que ninguna administración logra saldar, obligando a los ciudadanos a pagar dos y tres veces por el mismo recurso a través de camiones cisterna y plantas privadas. 

Asimismo, el sistema educativo, a pesar de contar con asignaciones presupuestarias millonarias, sigue ocupando los últimos lugares en las evaluaciones internacionales, perpetuando el ciclo de la pobreza por falta de calidad en las aulas públicas.

El miedo en las calles 

Salir a trabajar o regresar a casa de noche se ha convertido en una ruleta rusa. Los asaltos, la delincuencia barrial y la violencia social mantienen a la población en un estado de permanente zozobra. 

La ciudadanía siente que las estrategias de seguridad pública han fracasado y que los espacios comunes han sido entregados al hampa.

Un Gobierno para los de arriba

El núcleo de la indignación popular radica en la percepción de una profunda asimetría en el ejercicio del poder. Críticos, sociólogos y líderes comunitarios coinciden en señalar que el actual modelo económico prioriza las exenciones fiscales, los incentivos de megaproyectos y las facilidades financieras para los sectores de mayor poder adquisitivo y el gran capital corporativo, bajo la premisa de que la riqueza "gandará hacia abajo".

Sin embargo, ese derrame nunca llega a los barrios populosos ni a las zonas rurales. Mientras los sectores vulnerables enfrentan reformas y cargas impositivas encubiertas, las élites económicas continúan recibiendo el cobijo del Estado.

Es esta desconexión entre la opulencia de las decisiones estatales y las penurias del dominicano de a pie lo que ha quebrado la confianza en los canales institucionales locales.

El vicario de los pobres

Ante el desgaste de la oposición política y la aparente impermeabilidad del Palacio Nacional a las protestas locales, la figura del Papa Leon XIV emerge como el único puente posible hacia la rectificación. 

Conocido mundialmente por su constante defensa de las periferias existenciales, el Sumo Pontífice es visto como el interlocutor idóneo para sacudir la conciencia del Gobierno que encabeza Luis Abinader.

"Ya no creemos en los discursos técnicos de los ministerios ni en las promesas de campaña. Necesitamos una voz con autoridad moral global que le recuerde al Gobierno que detrás de sus gráficos de crecimiento hay seres humanos pasando hambre y miedo", expresa Yudelis Méndez, la líder del Movimieno Solidaridad con Leonel.
La intención de apelar al Papa busca que el Vaticano, a través de sus canales diplomáticos y de la Conferencia del Episcopado Dominicano, ejerza una presión pastoral y ética sobre el Gobierno. 

No se busca una injerencia política, sino un llamado de atención humanitario que obligue al Poder Ejecutivo a reorientar el gasto público hacia la deuda social: salud digna, alimentación accesible, educación real y seguridad para el ciudadano común.

La urgencia del cambio

Un país no puede sostenerse de manera indefinida sobre los hombros de un pueblo exhausto. La iniciativa de mirar hacia El Vaticano no es más que el síntoma de un sistema político local que está fallando en sus tareas más básicas. 

El Gobierno dominicano tiene la oportunidad de escuchar el murmullo de las calles antes de que el eco de la desesperación llegue de manera formal a las puertas de la Plaza de San Pedro. 

Hacer la vida de los dominicanos menos pesada no es un acto de caridad, sino que es el mandato constitucional y moral más urgente de quienes ostentan el poder.

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